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John F. Kennedy sabría o no que Fidel Castro vendía secretos al "imperio", cuya política fundamental siempre ha sido la supervivencia, pero en el orden personal despreciaba profundamente al déspota cubano, a quien consideraba un abominable dictador que reprimía brutalmente a un pueblo que todavía lo idolatraba, aunque discrepara de sus métodos de gobierno. Por eso no extraña que cuando el popular presidente americano fuera baleado mortalmente en Dallas, Texas, aquel infausto 22 de noviembre de 1963, Castro fuese uno de los primeros sospechosos del alevoso crimen. El acusado directo, Lee Harvey Oswald, era simpatizante comunista, militaba en la organización "Trato Justo para Cuba", estaba casado con una rusa, había vivido en Moscú y pocos días antes del asesinato, había visitado la embajada sovética en Ciudad Mexico "pidiendo una visa para visitar la isla fidelista". En declaraciones a
la policía y al servicio secreto, inmediatamente después del asesinato, Oswald
dijo que "apoyaba la revolución cubana y consideraba a los exiliados sus
enemigos." Además, Fidel Castro repetía entre sus íntimos que
"Kennedy tendría que pagar sus crímenes por Bahía de Cochinos y la
Crisis de los Cohetes." En un discurso público de enero de 1963, el tirano
cuban Hasta el mismo Lyndon Johnson en su autobiografía relató que durante su lúgubre viaje a Washington para tomar posesión del cargo presidencial, se preguntó cien veces si Fidel Castro no era en realidad el asesino intelectual de Kennedy. Ciertamente todo indicaba que Castro, utilizando a Oswald y a otros sicarios, estaba comprometido hasta la saciedad en el infame crimen. Hasta los mismos que achacan a la CIA estar detrás del hecho, piensan que Fidel Castro, como doble agente, tuvo participación importante en la tragedia de Dallas. Pero, sin embargo, a pesar de todas las pruebas en contra del déspota cubano, en los 26 volúmenes publicados por la Comisión Warren que investigó "exhaustivamente" el asesinato presidencial, no aparece mención alguna a la posible o probable complicidad de Fidel Castro en el sangriento acontecimiento. ¿Qué peculiar, verdad? Aunque durante el gobierno de Lyndon Johnson se intensificaron las acciones secretas contra Cuba, infiltrando comandos de asalto que supuestamente diezmarían las tropas revolucionarias armando a insurrectos, haciendo sabotajes a la infaestructura isleña y realizando atentados personales, la realidad es que ningún alto oficial fidelista ha sido jamás ejecutado por los "contra-revolucionarios" y a pesar del embargo económico y la "rebeldia" popular, el oprobioso régimen fidelista nunca ha sido desestabilizado al punto de su derrocamiento, ni siquiera de enfrentar una grave crisis de sostenimiento. Aún cuando denunciaba "una inminente agresión imperialista" Castro se daba el lujo de viajar por el mundo y de incoar actos subversivos contra gobiernos legales de Asia, Africa y Latinoamérica. Es más, en
octubre de 1965, Johnson le regaló a Fidel Castro la fuga de Camarioca (puerto
central en Matanzas, Cuba) por donde emigraron hacia los Estados Unidos decenas
de miles de cubanos, ante la complacencia de un tirano que se podía librar, sin
violencia ni represion, sin fusilar o atiborrar cárceles, de cuanto ciudadano
se sintiera descontento o afectado por sus radicales medidas revolucionarias de
cuestionable corte comunista. A ese efecto, inmediatamente, Castro facilitó dos
aviones diarios para transportar cubanos al "imperialismo" sin costo
alguno. Generosidad apabullante con quienes calificaba de "gusanos". ¿Pudiéramos imaginarnos cuántos dictadores de América Latina se hubieran perpetuado en el poder si los Estados Unidos les hubiesen aceptado recibir en su suelo libre y generoso al enemigo, opositor, disidente o derelicto social que quisiera abandonar el país? Todavía tendríamos en el poder a Perón, a Trujillo, a Noriega. Claro, todo tiene su precio. Y muchos dictadores latinoamericanos, aunque despreciables, no volaron tan bajo como Castro, quien vendía "favores" a la CIA, incluyendo la entrega de su compinche el Che Guevara. (Foto de ambos a la derecha) A diferencia de Fidel Castro, burgués aprovechado, que nunca ha disparado un tiro en combate, el Che era un convencido revolucionario. Criminal, vil, valiente, osado, implacable, fanático, doctrinal, siempre fue para el tirano un enemigo en potencia. Un rival revolucionario con proyección internacional, quien dada su popularidad en los ámbitos más radicales de Cuba y del continente, podría en algún punto, representarle al déspota cubano un serio problema de mando, de orientación gubernamental, o tal vez llegar a descubrir sus siniestras conexiones con organizaciones de inteligencia norteamericanas. Aquí no relataremos las muy conocidas aventuras del Che, sólo digamos que de su periplo por Africa y su llegada a Bolivia, el gobierno de los Estados Unidos estaba plenamente informado. En documentos secretos de la Agencia Nacional de Seguridad de los Estados Unidos, ya desclasificados, se consigna que: En octubre de 1965 (a raíz de Camarioca), Castro había denunciado el fracaso económico bajo la égida del Che en Cuba y se oponía a sus planes de exportar la dinámica revolucionaria a latinoamérica y Africa, en vez de concentrarse en un mejor trabajo por el régimen isleño. A fines de 1966, el Che arriba a Bolivia, portando innumerables documentos falsos, todos elaborados en Cuba. En abril de 1967 un contingente de 16 Boinas Verdes americanos es despachado urgentemente a Bolivia para entrenar las tropas que buscarían al Che por las impenetrables montañas andinas. En junio de 1967 Kosygin, el primer ministro soviético, acusa a Fidel Castro de haber enviado al Che a Bolivia, sin informárselo al partido comunista local. En agosto de 1967, justificándose, Castro acusa a la Unión Soviética de "haber traicionado su legado revolucionario, negando apoyo a los movimientos facciososo de latinoamérica". Poco después llegan a La Paz, Bolivia, dos agentes cubano-americanos de la CIA con instrucciones específicas para la captura del Che, quien es apresado el 8 de octubre y ejecutado en su celda al día siguiente. (Foto arriba) El 11 de octubre
de 1967, Walter Rostow, asesor presidencial americano, le escribe un memo a
Johnson: "La muerte del Che Guevara tendrá consecuencias important Cínicamente, Fidel Castro declaraba en La Habana que la vida del Che había sido "una gloriosa página de la historia revolucionaria" cuando en realidad nadie se beneficiaba más de la muerte (a la derecha, foto de los restos de Guevara enterrados en Las Villas, Cuba) del esbirro argentino-cubano: el déspota se libraba de un peligroso retador, se ganaba un mártir al estilo "Camilo" y le probaba a sus amos que su "colaboración" en los años por venir podría ser de significativo valor pues si pudo entregar al Che a pesar de todo su "prestigio revolucionario", podría hacer cualquier cosa que le conviniera al "imperio". Así ha sido.
La Gran Entrega El triunfo electoral de Richard Nixon en 1968, debió cambiar los destinos de Cuba con el derrocamient0 de la tiranía fidelista. Pero no fue así. Increíble, pues Nixon era un destacado anticomunista, el primer político americano que acusó a Castro de ser pro-soviético, tenía fuertes contactos con la comunidad cubana exiliada en Miami, entre ellos su mejor amigo, el banquero Bebé Rebozo y en su campaña presidencial había prometido la libertad de Cuba. Sin embargo, durante su gobierno murieron miles de soldados americanos luchando contra el comunismo en el sudeste de Asia, mientras Fidel Castro se fortalecía al punto de hacerse intocable, no importa lo que hiciera o dijera contra otros pueblos del mundo. ¿No es ello absurdo? ¿Heroísmo en las selvas vietnamesas y cobardía en la manigua cubana? Seguramente era
muy alto el precio que el dictador cubano pagaba para que lo dejaran tranquilo,
aparentando invulnerabilidad e independencia, ninguno más detestable que la
entrega de Salvador Allende, quien había sido electo democráticamente
presidente de Chile, pero desde que tomó posesión de su cargo empezó a
radicalizar la política y economía del país por un rumbo socialista, causando
profunda alarma no sólo en Washington, sino también entre sus vecinos
sudamericanos.
Porque, menos de un año después de la visita castrista, en septiembre de 1972, el sagaz periodista norteamericano, Jack Anderson, denunciaba que Fidel Castro había sostenido una misteriosa reunión con líderes comunistas chilenos en la Embajada de Chile en La Habana. Tan obvio parecía aquello una siniestra conspiración contra Allende que el dictador cubano rápidamente desmintó a Anderson con la consabida acusación de ser "agente de la CIA que quería desestabilizar al gobierno chileno". Castro se desgañitaba gritando por televisión: "mi amistad personal y apoyo al presidente Allende están fuera de cualquier intriga inventada por los agentes de la CIA..." ¿Pero cómo sabría el tirano cubano si Jack Anderson era un agente de inteligencia? ¿Por qué tenía que desmentir una reunión con líderes comunistas, cuando ellos eran los que mandaban en Chile? ¿O serían comunistas "disidentes" como los que Castro había defenestrado en Cuba, a pesar de declararse un fervoroso marxista-leninista hasta la muerte? Resultaba muy
significativo que Allende, quien era un fuerte aliado de Castro desde los años
de la Sierra Maestra y lo había visitado repetidamente en La Habana antes de
ser electo presidente de Chile, le confiaba sus planes y aspiraciones y le
facilitaba contactos revolucionarios por toda sudamérica. O sea, el chileno era
un "libro abierto" para el cubano, que seguramente le vendía páginas
a Nixon a quien al mismo tiempo llamaba "alimaña fascista". Claro,
para disimular la gran entrega que elucubraba. Antes del derrocamiento de Allende, Fidel Castro le prometía ayuda militar y afirmaba que "él personalmente estaba dispuesto a dar la vida por su camarada". El 11 de septiembre de 1973, el presidente chileno moría en el palacio presidencial de Santiago. ¿Estarían en ese momento dentro de la oficina del líder chileno, los cubanos castristas que en vez de dar la vida por el comunista, se la quitaron por órdenes de La Habana? Dos semanas después, cínicamente acongojado, en una concentración popular celebrada en la capital cubana, Fidel Castro rendía un informe exhaustivo de las últimas horas de Allende. Según Castro la junta golpista le había ofrecido al presidente chileno y su familia salvaconducto para salir del país, pero Allende la rechazaba, afirmando que "los militares traidores no conocen a los hombres de honor." Según Castro, el presidente chileno tomó un el rifle y comenzó a disparar a los que trataban de derrocarlo. "El tiroteo duró exactamente una hora" --afirmó categóricamente el tirano cubano. Según Castro: "al final Allende recibió un balazo en el vientre que lo dobló de dolor, pero no paró de disparar su rifle contra los fascistas, parapetado en el Salón Rojo del palacio nacional... mas eran tantos los traidores que Allende murió acribillado a balazos." ¿Cómo sabía el dictador cubano tantos detalles de los últimos momentos de vida del mandatario chileno, si él no estaba presente? ¿Quién le informó todo, los mismos agentes de la CIA que él denunciaba como los ejecutores de Allende? Agreguemos, cual
dato significativo, que el rifle con que alegadamente Allende combatió hasta el
final, había sido un regalo del déspota cubano. ¿Tendría el gatillo desviado?
Concluía Castro su minuciosa exposición del derrocamiento, sentenciando con
descaro: "nunca un fusil automático defendió mejor la causa de los
humildes, de los trabajadores, de los campesinos chilenos." En documentos secretos, ya desclasificados, se afirma que Henry Kissinger, a la sazón Asesor de Seguridad de Nixon, estaba al tanto de los planes para desestabilizar y eventualmente derribar el gobieno de Allende. Pregunta: ¿Por qué no igualmente planes eficaces para derrocar el régimen fidelista? Pues aunque el presidente americano declaraba que "la caída de Allende convenía a los mejores intereses de los Estados Unidos"... ¿acaso no convenía mejor la caída de Castro, un enemigo más volátil, más peligroso, más sanguinario? ¿Por qué el presidente chileno, comunista pero electo por su pueblo y no el dictador cubano, a quién nadie ha elegido democráticamente jamás? Despues del golpe, toda la familia cercana de Allende se refugió en Cuba, lo que el dictador cubano seguramente aprovechó para aparentar solidaridad con el comunismo internacional y también para de vigilar de cerca e informar a sus amos de cualquier intento allendista por retornar al poder; algo que probablemente no sólo compraron y pagaron las agencias de inteligencia americanas, sino tambien Augusto Pinochet, quien en 17 años de poder en Chile jamás hizo nada contra Castro, ni siquiera criticarlo en público... ¿No es ello realmente insólito? Nixon debió ser el primer presidente americano que visitara una Habana libre, pero no fue así. Inclusive permitió torturadores cubanos en Hanoi. (Continuará)
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