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Cuentos de Vida 



La Niña Margarita y el Mulato Ambrosio

La Niña Margarita era la solterona de mi barrio, allá en La Habana de 1950. Tendría unos treinta y cinco años de edad, era blanca como el coco, feíta, de senos abundantes y vivía con su padre, un viejo cascarrabias, viudo, profesor de biología, que le tenía prohibido bajar del segundo piso del edificio donde vivían, en venganza --al decir de las viejas arpías-- a la madre adúltera con el bodeguero local. Ambrosio era un mcouple_walking.jpgulato joven, alto y flaco, tipo chulo, que le fajaba a cualquier hembra del barrio y, como era lógico, vio en la reclusa un reto, una presa vulnerable y le empezó a hacer posta frente al balcón en el que la Niña pasaba la mayor parte del día antes que su padre regresara del Instituto de Segunda Enseñanza en donde enseñaba. 

De lo que yo --tal vez sin quererlo, pero dadas mis vagabunderías extracurriculares por el barrio y mi imaginación caleidoscópica de catorce años--- me convertí en partícipe. ¿Cómo era posible --me preguntaba intrigado-- que un hombre estuviera horas enteras de pie, con el cuello hacia arriba, guiñando los ojos y tirando besos furtivos a una cautiva, víctima de un ogro despiadado? ¿Qué atracción tan irresistible, tan fatal, podría tener el amor? Pero mi curiosidad se vio prontamente recompensada cuando una tarde, observando desde una posición de ventajosa privacidad, vi a Ambrosio bajar la escalera del apartamento de Margarita abrochándose la portañuela del pantalón. Y me imaginé aterrado que hubiera pasado si en ese momento el profesor llegaba a la casa y los sorprendía en abraque pasional. Y por primera vez pensé que quizás el viejo tuviera razón en ser tan estricto con la hija libertina. 

Pasaron semanas en aparente rutina de enamorados a escondidas y se me convirtió en algo natural ver al Mulato bajar las escaleras del edificio despeinado, jadeando, con la camisa media abierta. La Niña fue tomando aspecto de mujer satisfecha y el viejo empezó a regresar del trabajo a diferentes horas del día que no coincidían precisamente con aquéllas en que se terminaban las clases o se hacía una pausa para almorzar. 

barrio entero, por supuesto, comentaba todo con placer morboso y se daba respuestas a sus mismas preguntas: que si Ambrosio se había enamorado de verdad esta vez; que si debían casarse; que si el viejo lo sabía pero pretendía ignorarlo; que si cedería al final y muchas otras interrogantes propias de gente que tenía muy pocas cosas en que entretenerse fuera de meterse en la vida de los demás. Y ello, en verdad, no hubiera pasado de chisme de aldea si a la Niña Margarita no le hubieran empezado a engordar los cachetes, los labios y el vientre. 

Casi llegando la Nochebuena de aquel año la Niña y el Mulato desaparecieron sin dejar huella alguna. Aquel Día de Navidad yo vi al viejo profesor pasar a mi lado llorando. Ya para Año Nuevo las especulaciones del barrio iban desde el pacto suicida hasta el casamiento secreto y la ida para el extranjero, lo que dio abundante tema de conversación y de susurro sibilino a mucha vieja beata y a mucho falso santurrón que no se les compadecía el corazón viendo al profesor recorrer las calles del barrio como alma en pena, como cargando sobre si todo el sufrir del mundo.

Cuando empecé a tomar biología en el Instituto, por primera vez en mi vida me acerqué al profesor y pude hablarle sin miedo. Algunas veces, inclusive, me le ofrecí para llevarle los libros de regreso al barrio. Estaba vencido; hablaba poco y por lo regular sólo de su asignatura. Sin embargo, con el tiempo comenzó a ser más locuaz conmigo y alguna que otra vez trató de hacerme llegar algún mensaje de experiencia: 
“No dejes, muchacho --un día me dijo con solemnidad-- que los sentimientos te ofusquen la razón. Hay que saber dominar las emociones, mantener ecuanimidad ante situaciones adversas de la vida. Nada cura el dolor del alma. Hay que tener resignación, hay que evitar errores que después se lamenten por siempre. Mucha paciencia es la máxima suprema, todo pasa, todo termina...” 

Los mensajes del profesor --que aunque incoherentes me sonaban a lamento-- me lo fueron haciendo más de carne y hueso, más real. Y tal vez por ello un día, sin formalismo alguno, le pregunté por la hija ausente. Jamás olvidaré que me miró profundamente, como escudriñándome las entrañas, balbuceó dos o tres palabras que no entendí, empezó a temblar violentamente y me pidió que me marchara. Nunca más me dejó llevarle los libros. Más nunca pude hablarle de nada. 

Un domingo, algo después, le dio un ataque al corazón del que no se recuperó. Como no tenía familiares lo velamos unos pocos conocidos. Lo enterraron en fosa común. 

Han pasado muchos años y han pasado muchas cosas desde aquello, pero aún tengo grabado vívidamente en la memoria el titular que apareció en el Diario a la semana siguiente de la muerte del profesor: “Macabro hallazgo en apartamento.” 

Todavía puedo ver claramente a las viejas arpías del barrio, con los ojos en blanco, desmayarse en alaridos cuando bajaban del edificio el baúl escachado que ocultó por mucho tiempo los cadáveres de los dos amantes. 

© Andrés Rivero
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