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Director
Andrés Rivero

Andrés 
Rivero Collado, escritor, periodista, profesor, nació en la Habana y llegó exiliado a los Estados Unidos el 1 de enero de 1959. Desde ese mismo año colaboró artículos contra el comunismo para la prensa latinoamericana; escribió el primer libro del exilio cubano, Enterrado Vivo, (1960), novela sobre los fusilamientos fidelistas; en 1961 dirigió programas de radio en Miami y publicó varios números de la revista Cruzada; por cuatro décadas fue columnista de los dos diarios más importantes del sur de la Florida; hace ocho años dirige esta Revista Internética y ha escrito diez libros sobre temas cubanos. Su padre, Andrés Rivero Agüero fue electo Presidente de la República en las últimas elecciones multipartidistas celebradas en Cuba (1958). Para comunicarse directamente con él escriba a
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Recuento Histórico de Más de Cinco Décadas

Don Paco

(Historia novelada de un  típico exiliado cubano de los primeros tiempos; tomado del libro Somos Como Somos por  Andrés Rivero, Cruzada Spanish Publications, ©1982)

Lo que más sintió Don Paco cuando comprendió que la vida se le iba volando, era todo lo que le faltaba por ver: tantas cosas que uno deja de vivir porque no tiene tiempo, porque aparece algo mejor o peor, porque uno siempre mira para atrás, porque no se da cuenta, porque no está preparado; tantas cosas y él muriéndose. Maldito tabaco, aunque fuera muy cubano.

No tenía miedo de morirse, ¿por qué? si de todas maneras cuando allá arriba le sacan a uno el número, ya no hay nada que hacer. Eso de morirse un poquito cada día no iba con él, por supuesto que no, él se iba a morir de una vez y para siempre, qué reencanación; él se iba directo para arriba, Dios dispusiera, a reunirse con su vieja a quien tanto seguía queriendo.

Pero aun así, le pesaba morirse y no precisamente por el dolor del tumor, que se soportaba con morfina, sino porque de verdad le quedaban tantas cosas por alegrarse, tantas cosas por llorar, tantas cosas por vivir en este exilio, donde ya llevaba demasiados años; tiempo muerto, aunque él estuviera vivo todavía. Tiempo inútil que al balance da cero. ¿De qué se podía hablar ahora al final? ¿De qué podrían hablar allá arriba los miles de cubanos enterrados en Miami? ¿De lo qué fueron antes de Fidel? ¿De lo qué perdieron? ¿De la Cuba de ayer? Veintitrés años tirados a la basura; casi una vida entera subsistiendo solamente, viviendo entre brumas espesas de recuerdos distorsionados; pasando el tiempo, transitoriamente, sin afincar, como en una esquina esperando la guagua que debe llegar, que tiene que llegar, que va a llegar, pero que no llega, quizás la próxima, quizás más tarde, sabe Dios, está en camino, llegará, no desesperes, definitivamente llegará. Resignación.

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¡Corra La Voz!

El Don se lo habían encasquetado en México, en la Habana siempre había sido Paco a secas, o Paco mi hermano, y a lo más que había podido llegar ya era al viejo Paco de Pueblo Nuevo, el sargento político que resolvía la facturita de la semana, o el ingreso al Reina Mercedes, o la cañona al inspector para que no jeringara más, "que tantas quejas con las ratas de la bodega, si las ratas comen cucarachas, así que hasta las ratas tienen una función en esta vida, además ¿adónde va a haber ratas, en El Encanto, entre vajillas de plata y sedas francesas? Claro que aquí tiene que haber ratas y bien pocas para el caso, mira a ver Paco, tírame la toalla que el inspector me quiere cerrar el negocio y de qué vivo, de qué viven mis chavales, en España no pasa esto, el gobierno siempre metido en todo y esos inspectores, esos inspectores, qué fauces tienen, cómo joden Paco, cómo joden, ayúdame mi hermano, mira que siempre te doy mis diez votos, tu sabes que no fallan, pues se cayó Machado y yo seguí siendo liberal por ti mi viejo, por Felito Ayón, por Guás Inclán, dame la mano Paco..." Y él corría a hablar con el inspector y resolvía porque para eso estaban los políticos en Cuba, para resolver el problema a los demás, así como así, sin pedir nada, sin exigirles respeto. Paco a secas, mi hermano Paco, el viejo Paco, el político de Pueblo Nuevo; ya él volvería durante las afiliaciones a quitarle las cédulas y lo vigilaría el día de las elecciones a ver si era verdad que le daba los diez votos, porque estos gallegos, estos gallegos son medio cabrones... tan faltos de respeto.

Por eso le gustó México, por el respeto de los mexicanos, porque son gente respetuosa. En cuanto llegó a Veracruz huyéndole a la chivatería de un colega del Partido Comunista, marrulllero, que quitaba cádulas como él y resolvía como él, pero ahora quería presentarse más puro que las señoritas de quince, para que Fidel lo aceptara, pues lo recibieron con los brazos abiertos en esta ciudad costera parecida a Cárdenas, de gente blanca que no cantaba al hablar, usaba guayabera y vivía en bohíos como los cubanos. Así que se sintió bien aquí con un trabajo de camarero que consiguió en el Hotel Imperial y con el Don que enseguida le pusieron sus compañeros y hasta su jefe, quizás por respeto a sus cincuenta y nueve años, a su voz grave. a sus seis pies, a sus doscientas libras y a su calvicie galopante. "Don Paco" y a él le gustaba el Don que le sonaba a algo así como el "docto" que los negritos parqueadores en la Habana le decían a los trajeados y que a él nunca le dijeron porque él andaba en mangas de camisa.

Con el Don se sintió bien un tiempo en Veracruz, pero México, con su admiración por Fidel, no era el mejor país para un cubano exiliado, por eso en cuanto tuvo la primera oportunidad se fue para Matamoros, cruzó el río y de ahí en Greyhound llegó a Miami a fines del cincuenta y nueve, cuando ya esto despuntaba como la tierra prometida de los cubanos en desbandada.

(2) 

Aunque Miami era un pueblo de campo, según decían los que habían llegado antes, los que ya parecían veteranos de alguna batalla campal y marchaban por Biscayne Boulevard en son de guerra, la misma que habían perdido frente a los barbudos, aquí por lo menos las factorías pagaban en una hora lo que en la Habana y en Veracruz pagaban en un día. Así que no podía ser muy campo el lugar, ni muy malo, aunque no le dijeran Don Paco, ni insistiendo, y aunque la lavandería del Hotel Americana, fuera un congelador cuando por las mañanas de Miami los carros amanecían escarchados, como si esto perteneciera al "norte revuelto y brutal" que había dicho Martí. Bueno era el norte, como decían en Cuba, y eran sesenta pesos (no se acostumbraba a llamarles dólares) los que le entraban todas las semanas, semana tras semana, sin fallar, estables, y por eso pudo alquilar casa y mandar a buscar a su mujer y a los dos hijos que le quedaban en Cuba sin casársele, y ello cambió su vida porque en cuanto formaron una familia de nuevo después de casi un año de separación, pensó que todo tomaba forma, que la suerte le volvía a sonreir y hasta se embulló con la caída de Fidel, que tenía que caer por las noventa millas, por la desorganización, por Urrutia, por Húber Matos, por el comunismo, por el crimen, por el legado libertario de nuestros mambises, por la OEA y por tantas cosas más que repetían por radio Juan Amador y Norman Diaz y escribía Masferrer en su periodiquito. Asimismo, Cuba iba a ser libre otra vez, aunque por las calles de Miami quedaran todavía comemierdas que ayudaron al 26 de Julio y no se convencían de lo malo que estaba aquello, comemierdas que adoraban a Fidel, que rezaban por Fidel, que veían por los ojos de Fidel y que a veces, sin pensarlo, remataban lo que tenían y volvían a Cuba, familia y todo, a un regreso sin regreso. Era increíble, pero bueno, cuando le contaban de algún caso siempre respondía lo mismo: que ya les pesaría el día que todo cambiara allá porque nada tan malo como el fidelismo podía durar, ni consolidarse sobre lomas de fusilados. Paco el batistiano, le decían, y él ni discutía porque sí, era liberal y los liberales se enorgullecían de haber sido siempre machadistas y de no haber apoyado a Fidel nunca, porque ellos eran políticos y Fidel ya lo había dicho "elecciones para qué", ¿quitarle el aire a un político, maniatarlo, cancelarle la zafra? Fidel nunca lo había engañado, si le querían decir batistiano, o esbirro, o criminal de guerra, que se lo dijeran... estupideces... pero qué se podía esperar de gente que recortaba los retratos de Fidel que aparecían en las Bohemias y los ponían en cuadros con velitas, o se los prendían a las camisas y a las blusas, para llegar al hotel, casi de amanezco, coreando: "Fidel, Fidel, que tiene Fidel que los yanquis no pueden con él"... qué se podía esperar de tamaños acémilas, ¿comprensión? No, que le dijeran lo que quisieran que a fin de cuentas todo lo que le importaba era que Cuba fuera libre y parecía que grandes acontecimientos se iban a producir.

(3)

Girón no lo sorprendió porque su hijo más pequeño estaba en los campamentos y aunque escribía poco y nada decía y nadie sabía a ciencia cierta donde estaban los muchachos, si en los Everglades o en Guatemala, al menos todos se imaginaban que se preparaban para algo grande, que seguramente era la invasión a la isla porque la tensión entre Cuba y los Estados Unidos iba en aumento, porque siempre algún complotado guiñaba un ojo, o hablaba entre dientes y porque además a su casa llegaba todos los meses, fielmente, un cheque de una compañía rara. Algo grande se estaba tramando y él lo presentía; por eso aquellos primeros meses del sesenta y uno fueron de una espera interminable, de una angustia sofocante. Su mujer vivía a base de valliums y se puso tan flaca y desencajada que parecía un espíritu y hasta la botaron de la factoría donde trabajaba por faltar tanto. Su otro hijo empezó a llegar borracho a la casa, a salir con mujeres de mala vida y a meterse en problemas con la ley y él se tomaba como quince tazas de café al día y se fumaba diez tabacos filipinos y estaba que brincaba nada más de oir su nombre. Se buscó varios problemas en el trabajo y pensó que un día se iba levantar loco, listo para el manicomio, pero a todo se acostumbra uno y cuando ya más o menos se vio venir la invasión porque Castro la denunciaba constantemente y el Miami Herald especulaba sobre ella, se le fueron calmando los ánimos, preparándose para el desenlace que seguramente era el regreso a Cuba de todos los exiliados. El empezó a planear que hacer de nuevo, aunque claro, no lo dudaba, volvería a la política porque cuando el Frente de Miró Cardona triunfara, tenía que celebrar elecciones en dieciocho meses y los liberales no morían y Guas Inclán se preparaba para dar la batalla presidencial y ya él no era sólo Paco mi hermano, el volvía como Don Paco que alguna gente del hotel ya le empezaban a llamar, por el hijo patriota. Hasta empaquetó muchas cosas y allá a finales de marzo dejó de tomar tanto café, sintió que el frío de ese invierno se iba disipando, que el sol ya calentaba un poco más, que los pájaros cantaban de nuevo, que las flores renacían, que la hierba se ponía verde, que el río de Miami no lucía tan sucio y el cielo parecía más azul. Hasta planeó empezar a ir con su mujer a la playa de Crandon Park todos los domingos a tomar baños de sol para llegar a la Habana tostadito, como si regresara de unas prolongadas vacaciones. Su vieja se rió mucho, síntoma que se recuperaba y él suspiró consolado.

(4)

El veintitrés de abril supo que su hijo estaba entre los muertos, porque se lo vino a decir un muchacho raquítico y despellejado que había escapado en bote de la matanza de Bahía de Cochinos. "Su hijo murió como un mártir, Don Paco, gritando viva Cuba libre, que no se entregaba, que primero muerto que preso... yo traté de llevármelo, pero fue inútil, lo vi morir, como el apóstol, de cara al sol, allí en la playa, lloré Don Paco, lloré, pero aquello era tremendo, ¡sálvese quién pueda!

El cayó en la cama casi un mes, sin querer ver a nadie, sin querer comer, sin querer dormir, y hasta su vieja tuvo que recriminarlo duramente, pero él no se levantó y lo botaron del hotel y no se cansó por largo tiempo de repetir que los americanos eran unos cretinos... unos imbéciles... y no se enfermó de veras por su mujer, tan buena, pobrecita, y por su otro hijo que del tiro se reformó y no daba abasto para trabajar, mantener la casa y cuidarlo. Hasta su vieja encontró trabajo en otra factoría y él se hubiera muerto de todo, de dolor, de asco, de vergüenza, de pena, de sufrimiento, pero no, no se podía morir en aquel entonces porque todavía le quedaba mucho tiempo para odiar a los americanos y a Fidel por partes iguales.

Aunque al fin se levantó y reanudó más o menos su vida normal y hasta La Americana le dio trabajo otra vez y engordó algo y su vieja tenía más ánimo e inclusive una vez fueron a Crandon Park y su otro hijo no le dio más problemas, no se sintió feliz hasta octubre del sesenta y dos, cuando la Crisis de los Cohetes le hizo renacer la esperanza en la libertad de Cuba y en la capacidad de combate de este país "el gigante que demoraba en despertarse, pero cuando lo hacía..." Y pasó el veintidós de octubre y todo se volvió un vacío, la esperanza se le desmaterializó como en Girón, su odio se reactivó y se mantuvo allá dentro, latente, en secreto, en la mirada, en "lo bruto que son estos americanos, lo estúpidos, la culpa de nuestra desgracia", en "lo podrido que está esto" y en las pocas esperanzas que ya había de libertad y como Fidel Castro se podía reir a más no poder del torpe gigante. Ni se explicaba como esta gente podía ser el país más grande del mundo y hablaban de la política en Cuba, cuando aquí todo era posible, y creyó que el comunismo trinfaría al final y pensó que su hijo se había inmolado en vano.

El día que mataron a Kennedy se alegró. 

(Continuará) 

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