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Don Paco (Historia novelada de un típico exiliado cubano de los primeros tiempos; tomado del libro Somos Como Somos por Andrés Rivero, Cruzada Spanish Publications, ©1982) Lo que más sintió Don Paco cuando comprendió que la vida se le iba volando, era todo lo que le faltaba por ver: tantas cosas que uno deja de vivir porque no tiene tiempo, porque aparece algo mejor o peor, porque uno siempre mira para atrás, porque no se da cuenta, porque no está preparado; tantas cosas y él muriéndose. Maldito tabaco, aunque fuera muy cubano. No tenía miedo
de morirse, ¿por qué? si de todas maneras cuando allá arriba le sacan a uno
el número, Pero aun así, le pesaba morirse y no precisamente por el dolor del tumor, que se soportaba con morfina, sino porque de verdad le quedaban tantas cosas por alegrarse, tantas cosas por llorar, tantas cosas por vivir en este exilio, donde ya llevaba demasiados años; tiempo muerto, aunque él estuviera vivo todavía. Tiempo inútil que al balance da cero. ¿De qué se podía hablar ahora al final? ¿De qué podrían hablar allá arriba los miles de cubanos enterrados en Miami? ¿De lo qué fueron antes de Fidel? ¿De lo qué perdieron? ¿De la Cuba de ayer? Veintitrés años tirados a la basura; casi una vida entera subsistiendo solamente, viviendo entre brumas espesas de recuerdos distorsionados; pasando el tiempo, transitoriamente, sin afincar, como en una esquina esperando la guagua que debe llegar, que tiene que llegar, que va a llegar, pero que no llega, quizás la próxima, quizás más tarde, sabe Dios, está en camino, llegará, no desesperes, definitivamente llegará. Resignación.
El Don se lo habían encasquetado en México, en la Habana siempre había sido Paco a secas, o Paco mi hermano, y a lo más que había podido llegar ya era al viejo Paco de Pueblo Nuevo, el sargento político que resolvía la facturita de la semana, o el ingreso al Reina Mercedes, o la cañona al inspector para que no jeringara más, "que tantas quejas con las ratas de la bodega, si las ratas comen cucarachas, así que hasta las ratas tienen una función en esta vida, además ¿adónde va a haber ratas, en El Encanto, entre vajillas de plata y sedas francesas? Claro que aquí tiene que haber ratas y bien pocas para el caso, mira a ver Paco, tírame la toalla que el inspector me quiere cerrar el negocio y de qué vivo, de qué viven mis chavales, en España no pasa esto, el gobierno siempre metido en todo y esos inspectores, esos inspectores, qué fauces tienen, cómo joden Paco, cómo joden, ayúdame mi hermano, mira que siempre te doy mis diez votos, tu sabes que no fallan, pues se cayó Machado y yo seguí siendo liberal por ti mi viejo, por Felito Ayón, por Guás Inclán, dame la mano Paco..." Y él corría a hablar con el inspector y resolvía porque para eso estaban los políticos en Cuba, para resolver el problema a los demás, así como así, sin pedir nada, sin exigirles respeto. Paco a secas, mi hermano Paco, el viejo Paco, el político de Pueblo Nuevo; ya él volvería durante las afiliaciones a quitarle las cédulas y lo vigilaría el día de las elecciones a ver si era verdad que le daba los diez votos, porque estos gallegos, estos gallegos son medio cabrones... tan faltos de respeto. Por eso le gustó México, por el respeto de los mexicanos, porque son gente respetuosa. En cuanto llegó a Veracruz huyéndole a la chivatería de un colega del Partido Comunista, marrulllero, que quitaba cádulas como él y resolvía como él, pero ahora quería presentarse más puro que las señoritas de quince, para que Fidel lo aceptara, pues lo recibieron con los brazos abiertos en esta ciudad costera parecida a Cárdenas, de gente blanca que no cantaba al hablar, usaba guayabera y vivía en bohíos como los cubanos. Así que se sintió bien aquí con un trabajo de camarero que consiguió en el Hotel Imperial y con el Don que enseguida le pusieron sus compañeros y hasta su jefe, quizás por respeto a sus cincuenta y nueve años, a su voz grave. a sus seis pies, a sus doscientas libras y a su calvicie galopante. "Don Paco" y a él le gustaba el Don que le sonaba a algo así como el "docto" que los negritos parqueadores en la Habana le decían a los trajeados y que a él nunca le dijeron porque él andaba en mangas de camisa. Con el Don se sintió bien un tiempo en Veracruz, pero México, con su admiración por Fidel, no era el mejor país para un cubano exiliado, por eso en cuanto tuvo la primera oportunidad se fue para Matamoros, cruzó el río y de ahí en Greyhound llegó a Miami a fines del cincuenta y nueve, cuando ya esto despuntaba como la tierra prometida de los cubanos en desbandada. (2) Aunque Miami era un pueblo de
campo, según decían los que habían llegado antes, los que ya parecían
veteranos de alguna batalla campal y marchaban por Biscayne Boulevard en son de
guerra, la misma que habían perdido frente a los barbudos, aquí por lo menos
las factorías pagaban en una hora lo que en la Habana y en Veracruz pagaban en
un día. Así que no podía ser muy campo el lugar, ni muy malo, aunque no le
dijeran Don Paco, ni insistiendo, y aunque la lavandería del Hotel Americana,
fuera un congelador (3) Girón no lo
sorprendió porque su hijo más pequeño estaba en los campamentos y aunque
escribía poco y nada decía y nadie sabía a ciencia cierta donde estaban los
muchachos, si en los Everglades o en Guatemala, al menos todos se imaginaban que
se preparaban para algo grande, que seguramente era la invasión a la isla
porque la tensión entre Cuba y los Estados Unidos iba en aumento, porque
siempre algún complotado guiñaba un ojo, o hablaba entre dientes y porque
además a su casa llegaba todo (4) El veintitrés de abril supo que su hijo estaba entre los muertos, porque se lo vino a decir un muchacho raquítico y despellejado que había escapado en bote de la matanza de Bahía de Cochinos. "Su hijo murió como un mártir, Don Paco, gritando viva Cuba libre, que no se entregaba, que primero muerto que preso... yo traté de llevármelo, pero fue inútil, lo vi morir, como el apóstol, de cara al sol, allí en la playa, lloré Don Paco, lloré, pero aquello era tremendo, ¡sálvese quién pueda! El cayó en la
cama casi un mes, sin querer ver a nadie, sin querer comer, sin querer dormir, y
hasta su vieja tuvo que rec Aunque al fin se levantó y reanudó más o menos su vida normal y hasta La Americana le dio trabajo otra vez y engordó algo y su vieja tenía más ánimo e inclusive una vez fueron a Crandon Park y su otro hijo no le dio más problemas, no se sintió feliz hasta octubre del sesenta y dos, cuando la Crisis de los Cohetes le hizo renacer la esperanza en la libertad de Cuba y en la capacidad de combate de este país "el gigante que demoraba en despertarse, pero cuando lo hacía..." Y pasó el veintidós de octubre y todo se volvió un vacío, la esperanza se le desmaterializó como en Girón, su odio se reactivó y se mantuvo allá dentro, latente, en secreto, en la mirada, en "lo bruto que son estos americanos, lo estúpidos, la culpa de nuestra desgracia", en "lo podrido que está esto" y en las pocas esperanzas que ya había de libertad y como Fidel Castro se podía reir a más no poder del torpe gigante. Ni se explicaba como esta gente podía ser el país más grande del mundo y hablaban de la política en Cuba, cuando aquí todo era posible, y creyó que el comunismo trinfaría al final y pensó que su hijo se había inmolado en vano. El día que mataron a Kennedy se alegró. (5) Sin embargo, ya
para el sesenta y seis había entrado en el sistema, o el sistema había entrado
en él; coño y dicen que en Cuba adoctrinan, que en Rusia adoctrinan, que en
China adoctrinan, adoctrinar aquí, facilito, qué perfección, uno habla por
los codos en contra de este país y nadie se lo prohibe, incluso los mism Los dos hijos que le quedaban en Cuba habían venido con sus familias y el hijo soltero se le había casado con una muchacha decente y tenía un taller de chapistería que le daba bastante. Su vieja había engordado y le quedaba poco para retirarse también, a él ya todo el mundo le decía Don Paco, hasta sus vecinos americanos que lo pronunciaban Don Peico o Don Pouco (pero bueno el Don era lo que importaba) y se había quitado todos sus vicios menos el de fumar tabaco que mantenía intachable su cubanía, porque aunque ya desempaquetara la maleta del regreso, él seguía conservando la fe inalterable en la libertad y seguía anhelando con todo fervor que a Fidel lo partiera un rayo y seguía creyendo que el rayo estaba en el cielo esperando por caer, ¿cuándo? quién sabía, pero la fe, la fe es lo más grande, no se puede perder; aunque veía con una mezcla rara de asombro, lástima e indignación, como todos los cubanos que llegaban de Cuba se iban adaptando rápidamente, se metían en las escuelas de noche, aprendían inglés, copaban los bancos y las tiendas, compraban todas las bodegas quebradas de Miami, abrían una farnacia en cada esquina y revitalizaban a Hialeah, mas sin embargo, ponían mala cara o bostezaban cuando se les hablaba de "la lucha justa y necesaria por la libertad de Cuba". (6) Los Vuelos de la
Libertad hicieron de Miami una gran ciudad y a él le fue fácil comprender que
era porque aquí había muchas oportunidades para un pueblo que se sabía
superar, "ay, si yo hubiera llegado veinte años más El día que le encontraron cáncer en el pulmón derecho creyó que era el final, pero en el Jackson lo empezaron a tratar con cobalto, de gratis, porque él tenía Medicare y le sacaron el pulmón y lo mandaron para la casa sólo dos semanas después y lo trataron como trataron a John Wayne, ni más ni menos, porque aquí todo el mundo es igual y en su mundo colapsado vio la puerta de la esperanza abierta una vez más, gracias al médico americano de ojos compasivos, de frente ancha, qué talento señor, qué cirujano, cuando le dijo que volvía a su vida normal, que podía vivir diez, quince años más sin problemas, que lo habían chapisteado completo, pensó que éste era un gran país en todo y le entró como un complejo de culpa de lo injusto que todavía era, porque a pesar de tener la corteza dura, en los Estados Unidos había más de bueno que de otra cosa y que el gigante sí podía ser torpe, sí podía ser lento, pero sobre todas las cosas era gigante. En cuanto se restableció se hizo residente y en el setenta y dos se hizo ciudadano. Y hasta lloró al jurar la bandera y cuando salió del Dade County Auditorium se inscribió en el Partido Republicano. (7) No volvió a probar tabaco, pero
tampoco dejó de hablar de Cuba y aunque Nixon no hacía nada de lo que se
esperaba, pensó que con Milián y con Tomás Cruz la cosa no podía estar muy
mala, los cubanos éramos gente persis Pero cuando mataron a Torriente, cuando Tomás Cruz se destrozó en un accidente, a Milián le volaron las piernas y su mujer murió de vieja o de aburrida, él murió también en pedacitos, poco a poco, en todo el espíritu, en cada embullo, en cada ilusión, en cada noche, y enflaqueció repentinamente, se sintió más mal que nunca, pensó que la vida ahora si lo aplastaba, que ya no había remedio y empezó a fumar de nuevo. (8) Cuando en el
setenta y ocho empezaron los viajes de los exilados a Cuba a visitar hasta
entenados y los dialogueros de Areíto y de la Brigada Antonio Maceo
sustituyeron en propaganda a los anticomunistas y en el Miami Herald salían los
anuncios de las noches en el Tropicana y los mismos que habían gritado hasta
hacía poco, "Cuba si, Yanquis no", y después "Yanquis si,
Castro no", iban a bailar en una noche de sábado a la isla que seguía
encadenada, tan miserable como nunca, el asco y el hastío le llegaron hasta el
tuétano... ya no podía resistir más y cuando sus hijos fueron a visitar a las
suegras y sus nietos dijeron algo de buscar sus FIN
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