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Las Elecciones Cubanas de 1958
Hace medio
siglo, en Cuba la vida era buena y mala. El país prosperaba, emergía una
robusta clase media, el gobierno construía autopistas, túneles y puentes,
dispensarios médicos y escuelas; nuevas rutas se le abrían al agricultor y
al pequeño comerciante, la industria nacional progresaba, las empresas
financieras se modernizaban, el sistema crediticio se hacía más accessible y
el cubano trabajador podía mirar para un futuro económico halagüeño, de
bolsillo más repleto; desaparecían los barrios de indigentes, surgían
nuevos repartos suburbanos, se multiplicaban las tiendas por departamentos, los
teatros y centros nocturnos de diversión.
Las ciudades
se embellecían, la música, el cine, la radio y televisión, disfrutaban de
su mejor m omento. Aparecían
decenas de nuevos periódicos y revistas. Cuba se situaba a la cabeza
continental en cultura, economía, urbanismo, progreso y beneficios sociales.
Y sin
embargo, declinaba dramáticamente la popularidad de su gobierno, seis años
del mismo presidente eran demasiado para el cubano de entonces. Crecía
alarmantemente la insurrección fidelista que se guarecía en la montaña, pero
aterrorizaba en el llano. Diariamente explotaban bombas en lugares públicos,
que arrancaban piernas y brazos de gente inocente; se hacían frecuentes los
secuestros, asaltos y pase a cuchillo de indefensos soldados en el transporte
público, con
su secuela de represalia policial; el país iba al caos, se desmoronaban
las instituciones oficiales, mientras ricos y aristócratas subvencionaban el
terror y las iglesias se convertían en madrigueras de insurrectos; la mayor
conspiración contra el gobierno no se fraguaba en cuevas o tugurios, sino en
clubes exclusivos a la hora del trago y la veleidad.
En realidad,
la insurrección terrorista no encontraba apoyo en las clases obreras ni
campesinas, pues fracasaban todas las huelgas que convocaban los
revolucionarios; el guajiro no se sumaba a la causa, no había protestas
masivas del pueblo y las acciones criminales como el ataque al palacio
presidencial en 1957, eran repudiadas por un amplio segmento de la población
cubana. Sólo el apoyo económico, subversivo y torpe del conservadorismo más
retrógrado fortalecía una revolución que contaba con cabecillas rojos como
Bayo, Carlos Rafael Rodríguez y el Che. Absurdo. Patético.
Los cubanos
se mataban por las calles y el país se sumía en un abismo político que
afectaba todos los segmentos de la sociedad. Que detenía el avance nacional,
la vida sensata. Cuba se volvía un infierno de ambiciones, estupideces,
traiciones, violencia y crimen.
Ante esa caótica
realidad, surgía un rayo de esperanza: en marzo de 1958, el
gobierno convocaba a elecciones generales para celebrarse el tres de noviembre.
El presidente Batista terminaba su mandato y para sustituirlo se presentaban
cuatro candidatos de diferentes partidos políticos que prometían gobernar
civil y democráticamente, terminar con la insurrección y conducir el país
por caminos de paz y cordialidad. El terrorismo no era solución a la crisis
nacional, afirmaban todos los candidatos. Y tenían razon, las elecciones eran
el camino correcto, porque la voluntad soberana de un pueblo ejercida a través
del voto, en cualquier parte del mundo, resuelve cualquier angustia patria.
Claro, ante
la perfidia insurrecta, las condiciones electorales no eran óptimas; pero una
elección multipartidista, en las que el principal regente no se postulase,
aunque sólo lograra un bajo porcentaje de participación ciudadana --por
temor o apatía-- ratificaría, sin embargo, que el voto libre y secreto
siempre era una buena alternativa y probaría al mundo que el futuro cubano estaria
regido por la concordia y unidad nacional.
Tan era así,
que inmediatamente los cabecillas revolucionarios lidereados por Fidel Castro
condenaron el proceso y “promulgaron” la Ley Número 1 de la Sierra
Maestra que sentenciaba a muerte a todo el que participara del proceso
electoral.
Definitivamente, aquellas elecciones del 3 de
noviembre de 1958 fueron la gran oportunidad cubana de hace medio siglo.
¿Por qué se desperdició?
Los
Candidatos Presidenciales
En mayo de 1958, Andrés Rivero Agüero, político honesto, inteligente,
sincero; hombre culto, hogareño, de humilde origen; funcionario probo y capaz,
obtuvo la nominación presidencial de los cuatro partidos del gobierno cubano
(Progresista, Liberal, Demócrata y Radical) frente a destacadas figuras
nacionales como el
vicepresidente, Rafael Guás Inclán; el presidente del Senado, Anselmo
Alliegro; el alcalde de La Habana, Justo Luis del Pozo; el Premier, Jorge
García Montes y el embajador ante las Naciones Unidos, Emilio Nuñez
Portuondo; pues contrario a lo
que equivocadamente se informa en los libros de historia fidelistas o escritos
en el exilio por autores "revolucionariamente correctos", el
presidente Batista no escogió arbitrariamente a su sucesor, sino insistió en
que su coalición gubernamental apoyara al candidato que mejor pudiera
resolver, desde la primera magistratura, la grave crisis política que vivía
el país. El Dr. Rivero Agüero, de 53 años de edad, que contaba en su haber
una amplia hoja de servicios públicos como Concejal, Consultor Legal de Salubridad, Presidente
del Instituto del Café, Embajador, dos veces Ministro (Agricultura y
Educación), senador líder de la mayoría y Premier, lucía como el individuo
más calificado y hábil para ganar la contienda electoral frente a candidatos
oposicionistas tan prestigiosos como Ramón Grau San Martín, Carlos Márquez
Sterling y Alberto Salas Amaro.
Para vice-presidente por la coalición de gobierno fue nominado el doctor
Gastón Godoy Loret de Mola, presidente de la Cámara de Representantes,
hombre de positivo talento y prosapia. Era la candidatura ideal.
Además, Rivero Agüero, que formó parte integral y progresista de todas las
comisiones gubernativas que se reunían periódicamente con líderes de la
oposición, había prometido que si era electo presidente formaría un
gobierno de unidad nacional, dialogaría con todas las fuerzas antagónicas al
régimen, incluyendo los rebeldes de las montañas y estaba dispuesto, si era
necesario, a reducir su período presidencial para convocar a nuevas
elecciones en las que pudieran participar los grupos insurrectos.
Promesas precisas y tangibles de un hombre de bien, de un político honesto,
que fueron aceptadas inicialmente por opositores destacados y combativos como
el ex-presidente Carlos Prío Socarrás y el ex-ministro de Educación,
Aureliano Sánchez Arango, pero rechazadas de plano por Fidel Castro, quien en
realidad, nunca ha querido que el cubano viva en paz, concordia ciudadana,
democracia y libertad.
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59,
El Año del Error: Gorki |
La
Cruzada de los Cien Actos
La campaña política empezó oficialmente a mediados del verano del 1958 y
con un valioso grupo de amigos como Waldo Diaz Balart, Pedro Luis Ferro,
Marcos Córdova, José Dorta, Guillermo Nuñez, Haroldo Morán y muchos otros,
fundamos Acción Popular Organizada, un movimiento de vanguardia
juvenil en apoyo entusiasta de los candidatos de gobierno. Nuestro lema era
Paz y Democracia. Enseguida se nos sumaron cientos de simpatizantes de todos
los estratos sociales de la nación: profesionales, estudiantes, comerciantes,
obreros y campesinos y decidimos echar a andar una dinámica movilización
popular que trascendiera el rutinario efecto político de la propaganda en
prensa, radio, televisión, o de chucherías publicitarias. Así surgió la
idea de realizar reuniones callejeras, bajo el membrete de La Cruzada de
los Cien Actos, cuyo propósito inicial fue celebrar cien mítines relámpagos
por las calles de la Habana con un claro mensaje: “ciudadano, participa
del proceso electoral, vota por el candidato que quieras, pero sal a votar, el
futuro cubano está en juego.”
A principio de agosto, empezamos los mítines en
La Habana Vieja; el procedimiento era simple:
una bulliciosa caravana de automóviles revestidos en coloridos pasquines
electorales, encabezada por un camión alto-parlante, transportaba un
centenar de entusiastas partidarios que llegaban en plena mañana o temprana
tarde a cualquier esquina concurrida de la ciudad e improvisaba una tarima
con un par de cajas de madera en donde se subían los oradores, mientras un
grupo musical entonaba congas populares: “sun sun sun babaé, el pueblo
dice que Rivero es”. Dos o tres oradores discurseaban brevemente sobre la
situación nacional, se terminaba el mitin que nunca duraba más de media
hora y de allí a la próxima esquina habanera. El acto atraía casi siempre
a un numeroso grupo de curiosos que nos aplaudían, impugnaban o ignoraban,
mientras la policía trataba de mantener el orden y los choferes atrapados
en un improvisto tranque vehicular, protestaban o participaban del mitin. El
efecto deseado se lograba, se podia hacer politica en aquella Cuba, se podia
apoyar o rechazar, pero se probaba que la democracia, pregonada y enfatizada
aún desde una caja vacía de refrescos, era solución civilista,
alternativa al terrorismo, sendero hacia la paz nacional.
La “Cruzada” fue tan exitosa, logramos tanta
reacción popular que ya para la segunda semana de agosto, con una decena de
mítines celebrados, decidimos extender la campaña por toda la isla.
Aunque la insurreción fidelista nos amenazara,
pues empezábamos a recibir apocalipticos mensajes de represalia y
muerte.
Como siempre desde las sombras, incógnitos,
característico de terroristas.
             
La Cruzada
Sigue por Toda la Isla…
Aunque
el grueso de la Cruzada estaba formada por hombres y mujeres jóvenes, neófitos
en cuestiones electorales, recibiamos excelente asesoramiento de expertos en
materia política y social, como Arsenio González, Ministro de Trabajo;
Eusebio Mujal, Secretario de la CTC; Rafael Díaz Balart, Sub-Secretario de
Gobernación; Rolando Masferrer, senador, presidente del Partido Radical;
Martín Pérez, Coronel de la Policía; Otto Meruelos, destacado periodista
y otros cubanos distinguidos.
Empezaba septiembre de 1958 y con treinta
mitines celebrados en la Ciudad de La Habana, marchamos en caravana para
continuar la campaña política por la provincia pinareña; Guanajay,
gracias al magnífico trabajo preparatorio de los hermanos Gallo Gantuz, nos
daba un entusiasta recibimiento; de ahí para Artemisa, Consolación del Sur,
Pinar del Río, Minas de Matahambre, Mantua y Guane. Llegábamos a la plaza
central de cada pueblo, montábamos nuestro entourage, dábamos el
mitin que propugnaba las elecciones como la mejor solución
a la crisis nacional y nos marchábamos.
Los rebeldes terroristas podían estar cerca, en
acecho, pero no nos amedrentábamos, seguíamos adelante. Y claro tomábamos
precauciones, íbamos armados, el ejército nos protegía en la entrada y
salida a los pueblos, pero no inspirábamos temor, no alardeabamos
fuerza o violencia, no amenazábamos, no atacábamos, sino reiterábamos
nuestro mensaje de paz y democracia. Por una Cuba mejor. A veces nos aplaudían,
a veces nos miraban ajenos o desafiantes, a veces muchos se acercaban a
nuestra tarima, otros se mantenían alejados, pero siempre nos escuchaban, a
veces aplaudían y siempre comprendían el esfuerzo que haciamos en llevar cívicamente
nuestro mensaje.
En la provincia occidental estuvimos dos días y celebramos quince mitines.
De regreso a La Habana continuamos de esquina a esquina, de barrio en
barrio, esperando para tomar de nuevo la carretera central rumbo a Oriente,
provincia que desesperadamente necesitaba recibir un democrático impulso
electoral.
A principios de
octubre llegamos a Victoria de las Tunas en donde realizamos un formidable
mitin, a pesar del terror implantado en la bella ciudad por las taimadas
fuerzas fidelistas que atacaban, asaltaban y aterrorizaban en las penumbras.
Tomábamos rumbo a Holguín, con intención de visitar el Santuario de la
Caridad del Cobre para rogar por nuestro país, cuando un convoy militar nos
detuvo, impidiéndonos seguir adelante, pues al decir del jefe del
regimiento sería “un suicidio” ya que había rebeldes fidelistas
agazapados en cada recoveco de una carretera extremadamente sinuosa. Cuando
protestamos, el militar nos indicó que recibía órdenes del Estado Mayor y
teníamos que acatarlas. Estábamos en guerra, sin lugar a dudas, así que
defraudados, decidimos virar y entrar en Camagüey con entusiasmo para
seguir nuestra cruzada electoral.
En la capital de los tinajones le dieron una excepcional acogida a dos mítines
políticos. De ahí celebramos actos en Florida y Ciego de Avila, en donde
decidimos quedarnos a dormir en su Hotel Santiago-Habana para al otro día
seguir hacia Santa Clara que nos esperaba una comitiva presidida por el
popular congresista Mario Cobas Reyes, Ministro de Transporte.
La trayectoria de regreso fue excitante porque de improviso decidimos llevar
nuestra algarabía, nuestra música y nuestro mensaje electoral a Trinidad,
ciudad colindante a la Sierra del Escambray, de población marcadamente
anti-gubernamental. Nadie nos aplaudió, pero nadie no despreció, mucho
menos nos agredió. En Placetas, dimos un acto multitudinario y nos cuentan
que Rolando Cubela, comandante fidelista, estaba entre el numeroso público
con varios secuaces armados e intención de arruinar el mitin, nos
imaginamos que enchumbándolo en sangre, pero se arrepintió porque en
palabras propias “son demasiados, están armados y nos puede costar caro”.
Era verdad, recorrimos la isla siempre en son de paz, pero dispuestos a
combatir en cualquier campo por lo que considerábamos una causa noble, una
solución sensata e inteligente a la problemática nacional.
Cuando llegamos a Santa Clara, nos recibieron triunfalmente. Estabamos ya
por la mitad de la Cruzada de los Cien Actos.
Iba ganando la paz. Eso creimos...
             
Se
Acerca El Día de las Elecciones
Mientras los miembros de la Cruzada recorríamos la isla celebrando nuestros
espectaculares mítines relámpagos, los candidatos presidenciales llevaban
al pueblo cubano un corajudo y cívico mensaje electoral; valiente pues se
enfrentaban al terrorismo de los fidelistas en la loma y el llano; civilista
porque propugnaban el voto
frente a la bala. Rivero Agüero,
francamente, prometía al pueblo cambio, libertad y honestidad; Márquez
Sterling proclamaba un futuro de concordia nacional basado en su destacada
trayectoria constitucionalista; Grau San Martín ofrecía su experiencia de
gobernante democrático; Salas Amaro, en vibrante oratoria, convocaba al
pueblo a demostrar con el voto su sensatez ciudadana.
Las elecciones del tres de noviembre de 1958 eran, sin lugar a dudas, la
única alternativa que el pueblo cubano tenía ante la violencia, la
venganza, el crimen, el engaño, la traición. el comunismo, el exilio y la
miseria que han caracterizado estos cincuenta años de horror que hemos
vivido en la isla.
Triste recuerdo. Trágico.
Mientras tanto, nosotros, los cruzadistas, continuamos la caravana
automovilística por la bella provincia matancera. Dimos concurridos mitines
electorales en Colón, San José de los Ramos, Perico,
Jovellanos,
Cárdenas y Matanzas. De vuelta en la provincia habanera, celebramos
entusiastas mítines politicos en el Cotorro, Güines, Melena
del Sur, Alquízar, Santiago
de las Vegas, Bauta, Güira de Melena, Guanabo, Santa Fe y terminamos
la Cruzada de los Cien Actos el 20 de octubre con un mitin televisado por el
canal 4 de La Habana.
“Hemos concluído exitosamente una jornada electoral repleta de paz,
verdad y civismo, porque a pesar de la violencia indiscriminada e
injustificada del fidelismo, hemos logrado viajar por toda la isla llevando
un mensaje de amor y concordia nacional, ya proclamados por Martí en su
inmortal verso sencillo: para el cruel que me arranca el
coraz ón
con que vivo, cardo ni ortiga cultivo, cultivo la rosa blanca. La rosa
más blanca de nuestros tiempos, la que más dignifica la prédica martiana y
el heroico sacrificio mambí, sería su voto este próximo tres de noviembre.
Que gane la democracia. Que gane el libre albedrío. Que Cuba
despierte gloriosa y triunfal de su horrible pesadilla, pues la verdad no
está en el fusil, ni en la bomba, ni en la montaña, si no en la urna
electoral. Paz y Demoracia.”
Así concluíamos
la Cruzada de los Cientos Actos. 104 mítines celebrados de Pinar del Río a
Oriente.
Ahora a esperar el día de las elecciones
             
Día
de Elección en Cuba
Quedamos sumamente satisfechos de nuestra labor. Más de cien mítines
políticos celebrados en un país asediado por terroristas, sin sufrir
serios contratiempos, sin manifestar rencor, al contrario llevando por
toda la isla un mensaje
de paz… democracia. Y libertad.
El brillante periodista Rolando Masferrer escribía sobre la Cruzada en
su periódico Tiempo en Cuba:
“No se ha destacado
bastante el excelente esfuerzo propagandístico en el proceso electoral
a punto de culminar en los comicios, de los muchachos coalicionistas que
liderea el hijo mayor del candidato presidenci al…
“Hay que oir sus
tesis en los mítines relámpagos en que terminan su recorrido por el
interior del país, aun por los lugares donde lo que silban no son
tomeguines del pinar…
“Su lenguaje no es
de la exaltación. Sus expresiones no son de intolerancia y de soberbia
desafiantes, llamando a violencia y pasiones…
“Por el contrario,
su mensaje es de paz, de regreso a la cordura, de vuelta a la
convivencia decorosa en que no se mata fríamente a los hombres que no
comparten las ideas propias…
“En estos días la tribuna de
Andrés Rivero Collado, que ya estuvo con nosotros en el formidable
mitin de masas en Holguín, se alzó en el parque Vicente García de
Victoria de las Tunas. Como habían hecho en las mismas estribaciones
del Escambray hicieron en Tunas, donde los bandidos comunistas y sus
títeres del 26 de Julio han cebado sus sañas sanguinarias en figuras
políticas de los partidos de gobierno, los entusiastas jóvenes en una
gestión casi de apostolado cívico, que si tuviese éxito frente a la
prédica bárbara de la muerte, podría ahorrarnos cientos, quizás
miles de vidas en flor, no cubrieron de infamia a nadie, no echaron a
volar denuestos, insultos ni imprecaciones…
“Estos muchachos no
son de mi partido. No son de Oriente. Pero personifican, con las mejores
credenciales de su bondad, de su decencia humana, de su ausencia de toda
mezquindad y rencor, de todo egoísmo torpe, una conducta esperanzadora,
una posición distinta…”
(Nuestros Muchachos, 1 de noviembre de 1958)
Terminados los mítines, los
cruzadistas nos dedicamos a cuidar el proceso electoral. La
noche antes de las elecciones patrullamos todas las calles de La
Habana, Regla y Guanabacoa,
para evitar que los fidelistas pusieran bombas como habían anunciado
para frustrar el proceso democrático. No dormimos, pero nada pasó.
El martes 3 de noviembre fuimos a votar y esperamos en larga fila de
cubanos que iban a ejercer su derecho ciudadano. Las elecciones en La
Habana y otras ciudades importantes de la isla transcurrieron sin muchos
contratiempos, fuera de los altercados usuales que siempre suceden en
los países democráticos la hora de ejercer el voto.
Por supuesto en Santiago de Cuba y otras ciudades orientales, en donde
los fidelistas habían prometido y realizado barbáricas represalias
contra los votantes, (Lea, clic en 50 Años Después)
la participación ciudadana fue mínima; el terror se impuso. Sin
embargo, en general, 15% de la poblacion cubana salió a votar, el mismo
porcentaje de participación electoral de 1920, cuando resultó electo
Alfredo Zayas, el presidente más talentoso y demócrata de la historia
cubana.
Al otro día se anunciaba que la candidatura presidencial Rivero
Agüero-Godoy era la triunfadora. Asimismo se elegían por toda la
república, senadores, representantes, gobernadores, alcaldes y
concejales de diferentes partidos de gobierno y oposición.
Por primera vez en varios años, surgía un rayo de luz en el horizonte
político cubano. ¿Habría ganado la
democracia? Porque una elección, cualquier elección, siempre
era mejor salida que la abstención, que la no-elección, frente las
espurias promesas de un grupo terrorista, infiltrado de comunistas y
anarquistas, sin experiencia al guna de gobierno, de violenta, cruel y
homicida insidia.
¿Habría ganado Cuba?
No; la prensa, incluyendo la más conservadora, se negó a reportar los
resultados electorales, a darle espacio apropiado al gobierno electo; en los
clubes más exclusivos y opulentos del país se siguió
“conspirando“ y contribuyendo económicamente con la revolución;
los Estados Unidos, a pesar de la recomendación de su embajador en
Cuba, negó ayuda y legitimidad al nuevo gobierno, aunque semanas
despues fuera certificado como legitimamente electo por el imparcial
Tribunal Superior Electoral.
No ganaba Cuba, ganaba la ceguera política, la pasión,la ignorancia, la
intriga, la complicidad, la envidia, la desidia ciudadana.
Cuba perdió; sino que lo diga la trágica realidad vivida en estos
últimos 50 años.
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